El ego es una de esas palabras que se lanzan en conversaciones como si todo el mundo supiera exactamente a qué se refiere. “Tienes mucho ego”, “Déjate el ego en casa”, o “Eso fue puro ego”… Pero, ¿qué significa realmente? Desde la psicología, el ego no es un rasgo de carácter ni una actitud puntual. Es una construcción mental que influye en cómo interpretamos el mundo, cómo nos relacionamos y, sobre todo, cómo nos protegemos emocionalmente. Entender qué es el ego puede ser el primer paso para empezar a relacionarnos con él sin dejarnos llevar por sus trampas.
Origen del concepto de ego en la psicología
Para encontrar el origen del ego como concepto psicológico, tenemos que irnos al siglo XX, concretamente a la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud. Según él, la mente se divide en tres instancias: ello, yo y superyó. El «yo» —en alemán das Ich, traducido como ego— actúa como un mediador entre nuestros impulsos más primitivos y las normas sociales y morales. A partir de ahí, el término evolucionó, y distintas corrientes psicológicas lo fueron reinterpretando. Hoy, el ego también se entiende como la imagen que tenemos de nosotros mismos, esa voz que se empeña en tener razón, en destacar, en protegernos… incluso cuando no hace falta.
¿Cómo influye el ego en nuestras decisiones?
Puede que pienses que decides con la cabeza fría, pero el ego siempre está presente. Esa necesidad de defender tu postura en una discusión con tu pareja, aunque sepas que no llevas razón; o el miedo a pedir ayuda para no parecer débil… eso también es ego. En la práctica clínica del Gabinete de Psicología Desirée Infante, es común observar cómo el ego puede complicar la comunicación, aumentar la ansiedad o distorsionar la percepción de uno mismo. Cuando el ego toma el control, las decisiones dejan de ser prácticas o saludables y empiezan a girar en torno al orgullo, la validación externa o la autoprotección innecesaria.
Ego saludable vs. ego desadaptativo
El ego no es el malo de la película. De hecho, tener ego es necesario. Nos ayuda a construir una identidad, a poner límites y a reconocer nuestras necesidades. El problema aparece cuando se desajusta. Un ego saludable se adapta, se flexibiliza, reconoce errores, escucha. En cambio, un ego desadaptativo se cierra, reacciona con hostilidad, vive a la defensiva y se aferra a la razón como si fuera una cuestión de supervivencia. Este último es el que puede generar conflictos internos y deteriorar nuestras relaciones personales y familiares. Saber cuándo está funcionando de forma adaptativa es clave para mantener nuestro bienestar emocional.
Ejemplos comunes de comportamiento guiado por el ego
Una madre que siente que pedir ayuda con sus hijos sería un fracaso personal. Un adolescente que finge seguridad para no mostrar su vulnerabilidad. O un profesional que evita reconocer errores por miedo a parecer incompetente. Todos estos casos, muy habituales en consulta, son reflejo de un ego que intenta proteger, pero que termina complicando las cosas. En el día a día, no es raro que el ego nos lleve a competir, a justificarnos o a guardar silencio por orgullo, incluso con quienes más queremos.
Diferencias entre ego y autoestima
Aunque suelen confundirse, no son lo mismo. La autoestima tiene que ver con el aprecio y el respeto hacia uno mismo. El ego, en cambio, es la imagen que construimos para movernos por el mundo. Cuando alguien tiene una autoestima sólida, no necesita probar nada, ni imponerse, ni reaccionar con rigidez ante una crítica. Pero si esa autoestima está dañada, el ego suele entrar en escena como mecanismo de defensa. Por eso, trabajar la autoestima —desde un enfoque terapéutico como el que ofrecemos en nuestro centro de psicología en Málaga— es tan importante para desactivar esos automatismos del ego.
¿Es el ego siempre negativo?
No. Demonizar el ego no sirve de nada. Como todo en psicología, lo importante no es eliminarlo, sino aprender a conocerlo y gestionarlo. El ego puede ser un aliado si aprendemos a reconocer cuándo aparece y por qué. Nos permite diferenciarnos, tomar decisiones, decir “no” cuando hace falta. El problema llega cuando el ego se convierte en una máscara constante, una armadura que no nos quitamos nunca. Entonces perdemos autenticidad, conexión y, muchas veces, paz mental.
Cómo gestionar el ego de forma consciente
Observarnos sin juzgarnos es un primer paso. ¿Qué necesidad hay detrás de esa respuesta defensiva? ¿Estoy reaccionando desde mi herida o desde mi parte más consciente? La terapia psicológica es un espacio seguro para empezar a hacernos estas preguntas sin culpa. En el Gabinete de Psicología Desirée Infante, trabajamos con pacientes que desean relacionarse mejor con su mundo interior, sin que el ego dirija el timón. Aprender a frenar antes de reaccionar, a comunicar con honestidad y a cuidar el vínculo con uno mismo son formas reales de convivir con el ego sin que nos controle.
El ego no es el enemigo, pero tampoco es el mejor consejero. Es parte de nosotros, una parte que necesita ser escuchada pero también guiada. Integrarlo implica dejar de verlo como un obstáculo y empezar a comprenderlo como una señal: cuando se activa, algo dentro de ti está pidiendo atención. Y si estás en ese momento vital en el que quieres dejar de tropezar con las mismas emociones o patrones, quizá sea el instante de mirar hacia dentro. En nuestro gabinete psicológico, te acompañamos en ese proceso con cercanía, profesionalidad y herramientas reales para que te sientas más en paz contigo mismo.







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